Abrazar una estética religiosa y ser provocador puede parecer contradictorio. Sin embargo, así describía Rolling Stone el último disco de Rosalía: una obra que utiliza referencias espirituales como lenguaje estético, emocional y cultural. La religión, en este caso, se convierte en símbolo, atmósfera y relato.
La espiritualidad y la religión se han reintroducido en nuestra cultura contemporánea de forma renovada y provocadora. No solo lo vemos en el álbum LUX de Rosalía, sino que también en el reciente estreno de la película Los Domingos de Alauda Ruiz de Azúa o en el éxito del grupo de música religioso Hakuna. La creciente corriente estética que empieza a tomar forma, parece dialogar de forma casi involuntaria con el clima social y político que atravesamos.
Vivimos en un contexto de incertidumbre constante: somos testigos diarios de genocidios, de las consecuencias cada vez más visibles del cambio climático, del auge de una extrema derecha y de una precariedad laboral que lleva a toda una generación a cuestionarse si algún día podrá permitirse una propiedad. En un momento histórico en el que gran parte de la población joven no puede aferrarse a nada sólido, la espiritualidad y la religión reaparecen como refugio, consuelo: una respuesta simbólica que ofrece seguridad, sentido y cobijo frente al vacío.

Paralelamente, condiciones como la depresión y la soledad también se sienten más cerca. No resulta extraño pues que la espiritualidad funcione también como una herramienta de comunidad, gratitud y propósito. Una vía para construir proyectos con significado, para sentirse parte de algo más grande en una era marcada por el aislamiento y la desafección. El cine, la música y la moda se convierten así en espacios donde canalizar estas inquietudes.

Hemos visto a Rosalía con simbologías religiosas como la cruz, el halo, los iconos sagrados— son algunos de los elementos visuales con mayor carga simbólica de nuestra historia cultural. Aferrarse a estos objetos cargados de significado en tiempos en el que buscamos significado en nuestras propias vidas, no es un gesto nuevo, pero sí profundamente revelador.
No obstante, es imprescindible recordar que la religión también ha sido históricamente utilizada como herramienta de control, poder y exclusión. Ha servido para legitimar jerarquías, violencias y sistemas opresivos. Corrientes como el trad wife, en el que se fomenta el retorno a tradiciones conservadoras y valores patriarcales también surgen por consecuencia del clima contemporáneo.
Artistas como Rosalía han conseguido con éxito acercar a la espiritualidad a una juventud desconectada de una religión institucionalizada. Están abriendo un espacio para que sus audiencias puedan desarrollar una relación personal con una versión de fe libre de ideologías cerradas y relatos conservadores. Queda por ver si esta corriente logrará arraigarse como estilo de vida en las nuevas generaciones o si, como tantas otras estéticas contemporáneas, se desvanecerá con la llegada del próximo lenguaje dominante.