¿Qué ha sido más épico: el regreso de Homero a Ítaca o mi vivencia en LAP57? Porque si no fue exactamente igual, se le aproxima bastante.
Que sí, que Homero tardó diez años en volver a Ítaca y le pasaron tremendos eventos canónicos, pero yo puedo decir con la mano en el corazón que mi vivencia en LAP57, si no fue igual de épica, se le aproxima bastante.
Y precisamente porque LAP57 era una auténtica tierra prometida, con todo lo que uno puede desear conquistar: producción, lineup, organización, y tenían al mismísimo Marco Carola. Lo único que no estaba nada garantizado era cómo iba a salir yo de semejante despliegue y cómo iba a enfrentarme a una crónica que no se escribe por cumplir, sino que se escribe con personalidad y carisma.

Porque no, no me enviaron a la presentación de una línea de comida orgánica, fui enviada nada más y nada menos que al evento musical estrella de la Race Week, un evento en el que no podían caber ya más kilos de FOMO por metro cuadrado.
Pero os voy a confesar una cosa. Homero tenía sus tropas y yo, por suerte, tenía a Mar, que tiene más recursos de supervivencia que cualquier ejército. Homero 0 - Sara 1. Mar es mi amiga, asistente de producción en Televisión Española, la mujer que, aparte de su Beauty Privilege, tiene el don de conseguirlo todo prácticamente con desearlo, y sin despeinarse el pelazo o derramar una sola gota del vaso de plástico brandeado. A ella le debo un par de tickets de copas y esta crónica.
Empecemos por lo fácil. El acceso al recinto tuvo mis dieces y mis cienes si me preguntas: llegamos sobre las 20:00 y no había colas, los accesos eran rápidos, bien señalizados y con buena atención.
Pequeño detalle: nuestra entrada era general. Y cuando pusimos un pie en la pista, llegó la primera gran batalla: «¿Desde dónde voy a emitir?». Mi directo para Instagram tenía que salir sí o sí. Pero, como a Homero, los dioses se me aparecieron. En mi caso, sin armadura, pero con chaleco de seguridad. Uno del equipo de staff me dejó subir a una de las plataformas reservadas, y con eso conseguí emitir unos minutos.
Pero ganar una batalla no garantiza ganar la guerra: yo ya había fijado la vista en la próxima isla situada en medio de todo aquel océano de asistentes (colgaron el cartel de sold out teniendo una capacidad para 18.000 personas). Cuando llegamos a esa isla —aquella que promete hacerte olvidar el dolor de pies y elevarte a un nuevo estatus social— se nos aparecieron dos auténticos dioses con las pulseras que necesitábamos para subir, y a partir de ese segundo, cubrimos el festival desde dentro.

Y aquí tengo que decir que el recinto me sorprendió gratamente: un sonido alto, claro, bien ecualizado durante toda la jornada, cosa que no es fácil de conseguir en un evento de estas dimensiones, y sobre todo conseguir que se escuche bien tanto en la pista como en el Backstage.
Y aun así la Autónoma daba aún más de sí, porque tuvimos espacios pensados para tomar algo con más calma y lejos del ruido, que personalmente, como persona que se sobreestimula con el ruido cuando lleva muchas horas de música a las espaldas, agradecí poder aislarme unos minutos (que usé para cruzarme con el chico que me gusta, entrar en pánico, hacer el ridículo, descansar y volver con las pilas cargadas). El Backstage fue todo un éxito y estuvo lleno durante toda la jornada.
Si algo consiguió proclamarse como patrimonio inmaterial de LAP57, fue la variedad de personalidades que vibramos al ritmo de la música y el postureo ahí arriba: pilotos, familiares de pilotos, amigos y amigas de Marco Carola… hasta parte de la realeza se dejó caer. Y ahí, justo antes de que todo estallara, tocó ANOTR, seguido de Pawsa, calentando motores. Porque obviamente, el Zeus de la música (y ya paro), Marco Carola, fue lo más esperado de la jornada.

Y aquí tengo yo un par de valiosísimos apuntes periodísticos que añadir: el público que arrastra Carola se distingue a leguas, tiene un aura especial (según yo), y Miguelle&Tons también dio una lección magistral en la UAM, de técnica y de valentía, porque cerrar el festival detrás de la gran estrella de la noche no es para cualquiera, y ellos pasaron, y con nota, la prueba.

Respecto a Mar y a mí, en este punto del festival ya nos podíais encontrar a mí descalza y a ella aún impecable, barajando la posibilidad de ir al after oficial en Bassmnt.
La gente se volcó: nos dejaban su sitio para grabar, nos ayudaban a coger material, charlaban con nosotras, se animaban a seguir a Whats Magazine y nos daban un poco de coba en los momentos de cansancio. Al final, cubrir un evento de música que además te gusta tiene algo lúdico y festivo. Sí, es trabajo, pero también hubo mucho baile y mucho salseo.
Revisando los horarios y el lineup me enteré de que por la tarde había pinchado también Karretero, dejando la energía bastante alta, al igual que hizo Silvie Loto. Perdérmelo me dolió profundamente, cualquier persona que me conozca de más de una semana sabe que soy preocupantemente friki fan de Karretero.

Y por lo que pudimos ver, LAP57 recibió muy buena acogida en general, y en un evento tan masificado, los incidentes fueron mínimos. Eso, en un festival de estas dimensiones, tiene mucho mérito.
Una mención especial, una vez más, para el escenario de todo esto: la Universidad Autónoma de Madrid. Entiendo que la calidad de sonido tiene mucho que ver con estar lejos del núcleo urbano, y en cuanto a aforo, tiene sentido: hay pocas localizaciones en Madrid capaces de albergar un festival de estas dimensiones.
La organización jugó además con ventaja: el día anterior hubo otro festival en el mismo recinto, así que la experiencia de esa jornada permitió a la organización llegar todavía más rodada a la nuestra. Hacerlo en un campus universitario tiene ese algo especial de reconectar con tu parte más joven. El camino hasta el recinto, cruzando las distintas facultades, quedará en el recuerdo. El de ida siempre se recuerda mejor. El de vuelta… ese ya no tanto.
Si algo aprendí esa noche es que para hacer tu primera crónica necesitas una serie de cosas que se tienen o no se tienen, y Mar y yo las teníamos: ganas, talento, belleza, un micrófono y un poco de morro.
Nos dimos cuenta de que aquello era como esos experimentos de principios de los 2000 en los que un random nos mostraba cómo prácticamente cualquier puerta se puede abrir con buena labia y un buen chaleco antirreflectante. Y como en todo viaje del héroe que se precie, llegó el momento de volver a casa. A mí no me esperaba mi amada, pero sí mi amada cama, un dolor de pies homérico y muchísimas cosas que contaros.
Gracias de corazón por leerme. No dejéis de seguir a Whatmagazine, que yo seguiré contando, con toda la honestidad del mundo y el dramatismo que me caracteriza, mis próximas aventuras festivaleras.





















