Fotografía realizada por @SergioAlbert_.
El pasado 7 de abril, la capital española ofreció una vivencia sensorial meticulosamente creada. El espectáculo de Tame Impala en el Movistar Arena se desarrolló como un continuo, donde el sonido, la iluminación y el tiempo se movían en perfecta sincronía.
Desde el comienzo, el escenario principal fue relevante por su atractiva estética y un conjunto musical que abarcó toda su discografía sin interrupciones bruscas. Kevin Parker se mostró accesible y auténtico, dominando el escenario con facilidad y guiando a la audiencia con genuinidad. Alternó entre pasajes reflexivos y momentos más relajados, incluso compartiendo una Estrella Galicia, a la que llamó “estrela”, lo que fortaleció su conexión sincera y cotidiana con el público.

El concierto, que se extendió más allá de las dos horas, se sintió como una obra singular ya que las canciones no comenzaban ni concluían de manera definitiva: se transformaban, se alargaban y se unían. Así, caían unas sobre otras, generando una sensación continua de incertidumbre y euforia —de no saber exactamente qué sucedería a continuación—, lo que mantenía a la audiencia en un estado de atención constante.
En el otro lado de la pista, cuando la dinámica parecía definida, ocurrió un giro: Kevin desapareció del escenario principal y reapareció en un pequeño escenario circular al lado de la pista. Allí, más expuesto y cercano, manipuló los sonidos en vivo con sus manos, creando la sensación de observar el interior de su música. La energía incrementó de manera orgánica, especialmente con “Ethereal Connection”, logrando un momento íntimo en el contexto del recinto y haciéndonos sentir parte de ello.

La existencia de dos escenarios reforzó la noción de movimiento incesante, de un concierto en vivo. Y la iluminación, siempre precisa, acompañó elevando cada transición y manteniendo la atmósfera.
Cerca del final, “Eventually” emergió como uno de esos instantes que se reconocen sin necesidad de anticipación. Convirtiéndose en un momento profundamente compartido: una pausa emotiva en la secuencia, donde muchas voces se unieron y algunas miradas se humedecieron en silencio.

El desenlace, en contraste, tomó un giro diferente. La música se orientó hacia lo electrónico, con ritmos que recordaban al tecno, y las luces se hicieron más intensas, casi físicas, palpables. Era una energía diferente, expansiva, que no buscaba concluir con melancolía sino elevarnos un poco más antes de finalizar.
La velada de anoche no se limitó a ser un concierto, sino que fue una experiencia que respiraba de principio a fin, descubriendo su fuerza en la continuidad y en la particular manera de Tame Impala de hacer que todo se sintiera interconectado.
Vanessa Yasmine


























































