Como todas las modas, la era de los influencers lifestyle también tenía que llegar a su fin. Y, sinceramente, era cuestión de tiempo. Estamos cansados de que nos vendan una vida que no existe y que ni tú, ni yo, ni la mayoría de nosotros vamos a tener. Y mucho menos antes de los 30.
Durante años hemos consumido cuerpos perfectos, viajes perfectos, casas perfectas, relaciones perfectas y una lista interminable de productos que, supuestamente, necesitamos para acercarnos un poco más a esa vida. Nos vendieron inspiración, pero muchas veces lo que acabamos comprando fue comparación, frustración y una necesidad constante de consumir.
Y no, el problema no es una persona joven que ha crecido dentro de este sistema. No podemos culpar a alguien que todavía está terminando de desarrollar su cerebro y que ha aprendido a relacionarse con el mundo a través de una pantalla, de la recompensa inmediata y de una cultura que le ha enseñado que tener más, parecer más y mostrar más significa vivir mejor. El problema llega cuando tienes a millones de personas mirándote y sigues actuando como si no tuvieras ninguna responsabilidad sobre lo que enseñas.

Nos molesta escuchar discursos sobre éxito, libertad y “vivir la vida” de personas que parecen completamente desconectadas de la realidad de la mayoría. Que no piensan ni un momento en el camarero, en el panadero, en la frutera, en el vecino o en la mujer que tiene cuatro hijos y no llega a fin de mes.En todas esas personas que trabajan ocho horas al día, cinco días a la semana, que madrugan, pagan sus facturas y sostienen este país, mientras nos venden una realidad en la que trabajar parece ser simplemente crear contenido, viajar y recibir productos gratis.

Y aquí es donde la contradicción empieza a mosquearnos todavía más. Porque es muy fácil hablar de ayudar, de comunidad, de conciencia o de utilizar tu plataforma para hacer el bien cuando hacerlo no afecta a tu imagen. Pero cuando aparece un problema social de verdad, cuando posicionarte puede traerte críticas, cuando hablar significa ensuciar un poco esa imagen perfectamente construida, muchos prefieren hacer oídos sordos. Porque siempre va a ser más cómodo enseñar un bailecito en TikTok o los cuatro productos de turno que te pagan por promocionar que utilizar de verdad el impacto que tienes para enseñar algo.
Y aquí deberíamos pararnos un segundo en una palabra que utilizamos con demasiada facilidad: influencer.
Influir es tener la capacidad de producir un efecto, provocar un cambio o ejercer cierta fuerza sobre las ideas, decisiones o comportamientos de otras personas. Entonces, ¿en qué momento decidimos llamar influencer a alguien que, además de ser en muchos casos un producto del propio sistema capitalista, basa su modelo de vida en conseguir que consumamos? ¿En qué momento convertimos en una figura de influencia a alguien cuya principal aportación a nuestra vida es decirnos qué comprar, qué ponernos, dónde viajar o qué producto utilizar?

No necesitamos que todos los influencers sean activistas.Pero sí deberíamos preguntarnos qué estamos premiando. Porque influir tendría que significar algo más que conseguir que alguien compre una crema, una bebida o un bolso.
Y tampoco se trata de dejar de consumir contenido. Se trata de aprender a filtrarlo. Decidir a qué dedicamos nuestro tiempo y, sobre todo, nuestros pensamientos. Porque aquello que consumes constantemente acaba formando parte de tu manera de mirar el mundo. Si acostumbras a tu cerebro a la comparación, al consumo y a los estímulos vacíos, eso es lo que terminarás buscando. Pero si empiezas a consumir contenido de calidad, también puedes aprender, descubrir cosas nuevas, cuestionarte ideas y llevar un concepto nuevo a una conversación.
Por eso también deberíamos empezar a valorar más a quienes crean con propósito. A la persona que estudia, que se informa, que investiga, que contrasta y que realmente tiene algo que decir. A quien dedica horas a divulgar conocimiento con coherencia. A quien utiliza su plataforma para aportar algo y no únicamente para vendernos su estilo de vida.
Pongamos de moda ser intelectual.
Tenemos una tecnología extraordinaria en nuestras manos y podemos decidir qué hacer con ella. Podemos utilizarla para avanzar, aprender y descubrir, o podemos convertirnos en zombis mirando una pantalla durante horas.
Quizá el fin de esta era no consista en dejar de seguir influencers. Quizá simplemente consista en dejar de considerar referente a cualquiera solo porque tenga millones de seguidores.
Porque no queremos más vidas perfectas.
Queremos contenido que nos aporte algo. Personas que tengan algo que decir. Y una influencia que sirva para algo más que vendernos una vida que, en realidad, nunca fue real.































