Hay algo especialmente agradable en llegar a un festival y no sentir que tienes que correr desde el minuto uno. El FESTIVAL·B tiene un poco de eso. Tres días en el Parc del Fòrum, varios escenarios, el mar al lado y un ambiente que invita tanto a quedarse viendo un concierto como a perderse un rato por el recinto.
El festival reúne una programación bastante amplia y, sobre todo, variada. Hay artistas de sobra para encontrar algo que te guste, aunque llegues sin tener muy claro qué quieres ver. Entre conciertos, puedes parar a comer algo en alguno de los foodtrucks, encontrarte con amigos, darte una vuelta por el recinto o simplemente quedarte escuchando lo que suena en el escenario de al lado. Y esa es probablemente una de las cosas que más nos gustaron del B: la sensación de que no tienes que tenerlo todo planeado.
El primer día ya dejó claro que el ambiente iba a ser uno de los protagonistas. C Marí y L0RNA fueron algunos de los encargados de poner en marcha el evento y ambos consiguieron llenar el espacio. Poco a poco, el recinto iba cogiendo ritmo y esa sensación de primer día, de todavía estar ubicándote entre escenarios y horarios, desaparecía bastante rápido.

El viernes llegó uno de los días fuertes del festival. Mushkaa era una de las actuaciones más esperadas y el público respondió desde el primer momento. Durante su concierto hubo espacio para varias colaboraciones que hicieron que el directo fuese todavía más especial y que el escenario terminase convertido en una auténtica fiesta. De esos conciertos en los que mirar alrededor es casi tan entretenido como mirar al escenario.
La noche continuó con MVRK y terminó con Yung Beef, encargado de cerrar la segunda jornada. Si algo tiene Yung Beef es que nunca parece limitarse a dar simplemente un concierto. Su actuación puso el punto final a una noche que ya venía cargada de energía y dejó el listón bastante alto para el último día.

Y entonces llegó el sábado. Guitarricadelafuente fue uno de los grandes nombres de la jornada y consiguió llevarse al público a su terreno con un directo que demuestra que en el B caben muchos más sonidos de los que uno podría imaginar viendo únicamente algunos de los nombres más urbanos del cartel.
Después, Rusowsky volvió a llevarnos a un universo completamente diferente. Su propuesta, difícil de encasillar y precisamente por eso tan interesante dentro de un festival como este, consiguió mantener al público enganchado hasta el final.

También hubo espacio para Pablopablo y Sanguijuelas del Guadiana, dos propuestas que ayudaron a completar una jornada en la que el cartel volvió a demostrar que no hace falta escoger un solo género para construir un festival.
Quizá esa sea precisamente la gracia del FESTIVAL·B. Puedes llegar pensando que vas a ver a dos o tres artistas concretos y acabar pasando la tarde entre escenarios, descubriendo nombres que no tenías en el radar y quedándote a escuchar un concierto porque te ha llamado la atención desde lejos. Todo esto, además, con el mar al lado, comida a mano y un ambiente bastante relajado para lo que suele ser un festival de estas dimensiones.

Tres días después, nos quedamos con la sensación de haber pasado por un festival que no necesita complicarse demasiado para funcionar: buena música, artistas con propuestas muy diferentes, varios escenarios y un público dispuesto a dejarse llevar.
El presente, al final, suena un poco a todo eso.























