Hace un año atrás, la emblemática casa de lujo Gucci anunció una noticia que dejó al conglomerado de moda boquiabierto: Demna Gvasalia se consagraría como nuevo director creativo de la firma italiana. Comparando los antecedentes del diseñador en Balenciaga y Vetements, junto con el Gucci de Alessandro Michele, que se mantuvo impreso en nuestra mente durante todos estos años, este dúo de mundos contradictorios parecía casi imposible de fusionar. Pero el 27 de febrero de 2026, mientras el mundo entero presenciaba el primer show de Demna para Gucci en el Palazzo delle Scintille, esta unión comenzó a cobrar sentido.

La atmósfera de la pasarela era tenue, vibrante y absoluta, en un espacio que parecía extraído directamente de un museo. Todo permanecía en las tinieblas, excepto por la luz que delimitaba el camino de los modelos, quienes acabaron de darle vida a la imagen del georgiano para el futuro del lujo.
“Gucci es drama, pasión, exceso, contradicción, amor y odio, triunfo y caída, orgullo y vulnerabilidad, perseverancia, caos, genialidad. Todo lo que se puede decir de un ser humano se puede decir de Gucci. Veo a Gucci como una persona. Alguien con un pasado salvaje e inolvidable y códigos inconfundibles”, compartió el creativo en un post antes de presentar esta nueva era, que busca explorar ese lujo desenfrenado que tanto deseamos. Y la actitud en la pasarela lo vendía por completo: caminatas con potencia e intención, con gestos que gritaban “no tengo idea a dónde estoy yendo, pero me veo increíblemente bien haciéndolo”. Era una caminata magnética y firme en toda regla.
A caras lavadas de color, pómulos prominentes y maquillajes grunge intensos que fortalecían la mirada, la estética física concordaba plenamente con la estética de la colección. En el conjunto de prendas ceñidas, con algunos trajes más holgados de forma proporcionada, cada corte y silueta era minimalista pero sensual. Predominaba lo atrevido y glamuroso, desde las prendas más diarias hasta los vestidos de noche que brillaban ardientemente. Pantalones ajustados de tiro bajo en mujeres contrastaban con los de tiro alto en hombres; chaquetas de cuero estructuradas afinaban el cuerpo; mini vestidos transparentes abrazaban las caderas delgadas (un punto que fue sumamente controversial sobre la regresión de los cuerpos diversos).
¿Y dónde identificamos a Gucci más específicamente? En la clásica franja verde y roja que adornaba los costados de pantalones y cinturones, además del célebre logo GG en medias, riñoneras y gorras.
Fue una reverencia a la era Tom Ford de 1995 a 1997, donde el antes y el ahora coexisten en la imagen poderosa y provocadora. También destacó la performance: uno de los modelos, a mitad de pasarela, se detuvo a revisar su celular para después continuar como si nada – actualidad en su máxima expresión. Entre los perfiles que desfilaban se encontraba la élite de la cultura pop contemporánea: Emily Ratajkowski, Karlie Kloss, Gabriette, Alex Consani y Mariacarla Boscono eran algunos de los más reconocidos.
Pero la cereza del pastel, que cerró tanto la pasarela como una era de nostalgia para los consumidores de moda de los 90, fue Kate Moss, quien dio por finalizado el show con un vestido negro largo, brillante, de espalda descubierta que revelaba una tanga con el logo de Gucci. Ella es la definición de ferocidad y feminidad hecha persona.
Está claro que Demna es experto en movilizar a la sociedad y hacer que la conversación gire. En el ambiente creativo, el diseñador aprovechó la rica herencia de Gucci tanto para sus colecciones previas – La Famiglia y Generation Gucci – como para Primavera, inspirado también en la obra clásica de Botticelli. Pero lo que está haciendo ahora es jugar con su mayor estrategia, que bien le ha funcionado anteriormente: crear primero una identidad visible y fuerte para revitalizar una firma, con el objetivo de eventualmente rectificar las ventas. Como toda marca de lujo, el negocio es la base principal de sus creaciones, pero primero Demna busca conectar con el consumidor actual a través del deseo de “sentirse Gucci”. Y esta colección es, sin duda, una nueva conversación, un esquema ligero y audaz, un amor por la moda e incluso por lo insensato: un Gucci total.

























